🧠 Cuando el cuerpo deja de ser capital
Hay conversaciones que uno no inicia en un momento específico, sino que comienzan a aparecer en la vida casi sin permiso. Esto que comenzó en conversaciones en 1998, lo he traspasado a este articulo con la idea de reflexionar y lo plantees en tu circulo de familia, amistades o conocidos porque en algún momento se debe crear una mejor política pública de asistencia hacia los Adultos Mayores, mejorar o robustecer la que existe.
Primero fue en espacios íntimos, con familiares cercanos 👨👩👧. Después con un ex compañero de colegio 🎓 con el que, entre recuerdos y silencios, empezaron a surgir preguntas que no estaban antes sobre la mesa. Y más tarde, cuando regresé a Chile, ese tema ya no era una idea aislada: era una observación constante, casi inevitable.
Porque al volver, empecé a notar algo que no había visto igual en otros contextos.
Empecé a conversar con personas nuevas, a reconstruir círculos sociales, a observar dinámicas que me llamaban profundamente la atención. Y lo que vi fue una cultura donde, en muchos casos, el principal capital simbólico parecía ser el cuerpo.
Un cuerpo cuidado, trabajado, expuesto, valorado como herramienta de validación social 💪✨. Una estética que ocupaba un lugar central en la identidad y en la interacción. Pero al mismo tiempo, algo no terminaba de encajar.
Porque ese mismo cuerpo —tan cuidado hacia afuera— muchas veces convivía con una realidad interna mucho más compleja: una pobreza intelectual emocional en algunos casos, una falta de profundidad en el pensamiento, una inmadurez persistente independiente de la edad cronológica.
Me fui encontrando con personas de distintas edades 👥, algunas jóvenes, otras adultas, incluso mayores, donde la edad no garantizaba madurez, ni reflexión, ni consistencia emocional. Y eso fue un choque.
También encontré otros espacios, otros círculos, donde sí había conversación, reflexión, intercambio real de ideas. Y como ocurre siempre en la vida social, uno se va agrupando de manera casi natural con quienes puede sostener una conversación más profunda, más honesta, más humana.
Porque el ser humano es gregario 🤝: no elegimos solo con quién estamos, sino con quién podemos estar.
🧩 Cuando la conversación cambia de nivel
En ese proceso de observar y conversar, empecé a notar algo más amplio y a recordar que desde niño el colegio nos llevaba a los asilos de ancianos, tardes enteras a conversar, a cantarles, a hacerles las tardes agradables, a enterarme de sus vidas, saber por qué su familia los dejaba ahí. siempre observé sus comportamientos, escuchaba sus historias en enormes salas o en el patio mientras tomaban sol.
Por un lado, había discursos sobre derechos, sobre avances sociales, sobre identidad y visibilidad 🏳️🌈. Procesos importantes, necesarios, históricos. Nadie podría negar su valor.
Pero por otro lado, también empecé a ver una realidad menos discutida: la de las personas mayores dentro de estas mismas comunidades, que con el tiempo enfrentan un escenario completamente distinto.
Personas que envejecen, que enferman, que pierden redes de contacto y asistencia, que pierden autonomía, pierden familia cercana, porque van falleciendo u otros 🧓🏽🏥.
Y aquí aparece una imagen dura, incómoda, pero real: muchos terminan ingresando a residencias o centros de cuidado de adultos mayores, donde la vida social, la identidad y la historia personal quedan suspendidas en un entorno completamente distinto.
Para algunos, esto se siente —aunque nadie lo diga abiertamente— como una especie de regreso simbólico al clóset 🚪.
No el clóset de la juventud, sino uno distinto: el del final de la vida social, donde la identidad queda diluida en la dependencia, en la rutina del cuidado, en la fragilidad del cuerpo.
🧍♂️ La vejez no distingue etiquetas
En ese punto, hay algo que es importante decir con claridad:
Una persona enferma no es “menos persona” por su orientación, su historia o su vida afectiva.
Un hombre gay enfermo no es distinto en dignidad, necesidades o vulnerabilidad que cualquier otra persona en condición de dependencia. Lo mismo aplica para cualquier ser humano.
Porque cuando el cuerpo deja de responder, cuando la movilidad se reduce, cuando el deseo sexual deja de ser prioridad ,cuando teniendo negocios, ya no eres capaz de llevarlo ni de llevar o sostener tu casa, quizás porque el cerebro ha comenzado su deterioro y la supervivencia cotidiana ocupa todo el espacio y si tuvieras el dinero para pagar por la asistencia, quien te asegura que no se aprovecharán? Puedo pagar un centro, pero no tolero a mis compañeros , no tolero sus olores, no tolero ese olor a medicamentos que expele el cuerpo cuando eres adulto, no tolero sus gritos, ni gases, ¿Quién cuidará de tus mascotas cuando tu no puedas? . Muchos adultos mayores les incomoda bañarse les incomoda hasta el olor al perfume que usaban de juventud, se hacen intolerantes y algunos agresivos 🛏️, lo que queda no son categorías sociales.
Lo que queda es humanidad.
Y en ese momento, lo esencial ya no es el deseo ni la identidad social activa, sino algo mucho más básico y a la vez más profundo:
👉 asistencia
👉 cuidado
👉 compañía
👉 dignidad
⚖️ Una pregunta que nadie quiere responder
Y aquí es donde la conversación se vuelve inevitable:
¿Quién cuida a quienes no tienen red?
¿Quién acompaña cuando ya no hay vida social activa?
¿Quién sostiene cuando el cuerpo deja de sostenerse solo?
¿La familia? ¿Los amigos? ¿El Estado? ¿Nadie?
Porque la respuesta automática —“alguien se hará cargo”— no siempre es realista.
Y tal vez el problema no es solo quién cuida, sino que nadie quiere pensar el momento en que deja de ser independiente.








